Mi gordi está enferma. Esta vez es cierto. Esta vez no fue su letanía del dolorcito diario. Y esta vez no se quejó del dolor. Eso fue lo que más me preocupó y lo que más me hizo sentir culpable.
Con papi fue diferente. Yo estaba allá, no a 12.000 km como ahora.
Es desesperante. Sin embargo, es ella, mi madre la que me da ánimos. "Estoy bien", "estoy tranquila", "trato de no pensar"...
Mi mami, con sus más y con sus menos. Mi mami. Mi primera maestra, mi enciclopedia parlante, mi libro de Doña Petrona, mi manual de primeros auxilios. Mi mami, pasional, talentosa, leche hervida, amiguera. Monotemática a veces, necesitada de atención. Nena resentida por una infancia dura y hacerse adulto de golpe. Y nuestras peleas. Y nuestros gritos. Y nuestras broncas. Gordi: todo eso YA FUE.
Es cierto. Lo cotidiano se volvía mágico:
Dejá todo. Vení rápido. Salí al patio a ver el arcoiris.
No tengas miedo de los truenos. Son María y José que está corriendo los muebles en el cielo.
Mami, mami! En el comedor todavía están las pisadas de los camellos de los Reyes Magos!
Estoy releyendo la letra de Peteco y me suena:
"Cómo serán las manos
del que las mueve gracias al odio?
Qué habrá en las manos de mi marido?
Por qué los que lo rodean tienen que sufrir porque el creció sin amor?
Dios no me abandona y le está tomando el pelo a este payaso:
mi hija cada día se parece más a mi madre.
domingo, 10 de diciembre de 2006
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