Hace algunos años, cuando participaba de una experiencia con gente de la Tercera Edad, un señor encantador llamado Tulio utilizó una frase que hasta entonces yo desconocía. "Llegaste a la aguada", me dijo.
El me aclaró en ese momento que era común utilizar esa expresión en el campo cuando alguien arribaba a un lugar donde era bienvenido, donde podía estar a gusto con buena compañía, donde podía reposar y beber agua después de un largo viaje.
Me sentí muy bien al escuchar eso porque era su manera de decirme que me aceptaba, que me consideraba amiga.
Desde entonces --y más en esta época de mi vida-- he estado caminando mucho para alcanzar ese "lugar".
sábado, 9 de diciembre de 2006
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